domingo, 4 de mayo de 2014

Una historia de amor y odio a mi ciudad


Una vez escuché a Sabina introducir su canción “pongamos que hablo de Madrid” como una historia de amor y odio a una ciudad invivible pero insustituible. Algo parecido me pasa a mí con Sevilla, aunque por distintos motivos.

Para explicaros lo que siento hacía ella, le robo las palabras que contestó en esta entrevista mi tío, porque la leí y pensé que suscribía cada una de ellas.

Sevilla es la ciudad donde he nacido, he vivido y, probablemente, moriré. La quiero y me siento sevillano. Pero también la sufro, porque es una ciudad muy parada, con una sociedad cerrada y muchos prejuicios y compartimentos estancos, donde es muy difícil articular movimientos. Es un lugar donde las tradiciones, que son muy necesarias para cualquier ciudad, son excesivas y cualquier otra cosa pasa a ser irrelevante; cualquier capataz de Semana Santa tiene mayor relevancia social que el mejor catedrático de la Escuela de Ingenieros. Cuando nos miramos tanto a nosotros mismos significa que miramos menos fuera y, por tanto, estamos menos abiertos al mundo, somos menos cosmopolitas.

 
Yo también la he sufrido y la sufro.  Sus, en ocasiones, radicales tradiciones, sus grupos tan cerrados, su no saber valorar lo que te aportan, enriquecen y suman las personas y  culturas de fuera, su “no integrar” si no has nacido en Triana o al menos lo pareces. 

Una vez leí una comparación de los sevillanos que no me dejó indiferente. Decía que somos como la portada de nuestra Feria; muy vistosos, alegres y abiertos a priori pero por dentro tenemos sólo casetas privadas. Vamos, venía a decir que sí, que somos muy simpáticos para el primer ratito pero a la hora de la verdad nos juntamos en grupos cerrados, pequeños, de toda la vida y, por supuesto, del mismo sexo. Grupos en los que para que entre alguien nuevo tiene que pasar casi las 12 pruebas de Astérix, y ojo, a lo mejor ha entrado pero nunca será considerado de los de primera categoría, de los de siempre, si no ha compartido con alguien del grupo pupitre en parvulito.

Todas estas cosas y darme cuenta que yo misma pertenecía a ellas, hicieron que hace unos años me enfadara con la ciudad y me escapara a Madrid. Sí, le puse los cuernos un tiempo con la capital. Con Madrid viví una relación corta pero intensa. Allí todo era más fácil, al menos respecto a estas cuestiones. Ciudad de todos y de nadie, cruce de destinos, nadie es un extraño en Madrid porque lo raro en Madrid es encontrarte con un madrileño.

Por cuestiones del trabajo y del destino, volví a mi Sevilla natal incluso antes de lo planeado. En un principio, para que negarlo, sin ninguna gana. Pero poco a poco, me voy reconciliando con la ciudad, la voy queriendo más y más, como hay que querer a las personas, conociendo y aceptando sus virtudes y sus defectos.

Hace poco leí un post que se titulaba “El buen sevillano es…”. En él se daba una lista de las características de un buen sevillano, completándola con anécdotas, actividades y tradiciones que todo buen sevillano ha realizado. No critico el post, de hecho me vi reflejada e identificada en muchas de las situaciones y admito que algunas de ellas me sacaron una sincera sonrisa. Ese no es el problema, las tradiciones y raíces de una ciudad son tan importantes como necesarias para ésta (ya lo decía mi tío). Y no seré yo quien las critique, me encanta decir que soy de Sevilla cuando estoy fuera, adoro la feria de abril y cada vez que le enseño Sevilla a alguien, me invade un sentimiento de orgullo inmenso. El problema es cuando todas esas preciosas cosas nos hacen mirarnos sólo el ombligo y no valorar lo de fuera.

Para mí el buen sevillano es aquel que está enamorado de su ciudad pero es capaz de enamorarse de cualquier otra del mundo que lo merezca. El buen sevillano canta, baila y bebe rebujito en la feria de abril pero se divierte como el que más en las fallas, los san fermines y hasta en la Oktoberfest. Al buen sevillano le encanta el “cachondeo” pero es un magnifico y serio profesional en lo suyo. Se le eriza la piel con una canción de flamenco y con las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

 
 
En fin, espero que no me malinterpretéis, adoro mi ciudad que me sigue sorprendiendo por bonita cada día. Ayer mismo tuve el privilegio de tomarme una copa rodeada de amigos a escasos metros de la Giralda y estábamos todos sin excepción (nacidos aquí la mayoría) con la boca simplemente abierta. –Parece hecha de oro –Le oímos decir a una chica de fuera.
 

Pues eso, estoy muy orgullosa de ser sevillana y hasta de tener 8 apellidos andaluces. Debo de admitir que aunque sea una peli de humor, en la que por cierto me reí mucho, casi me emociono cuando vi ese coche de caballos llegando, Triana de fondo y los del Rio como fantástico broche final. El único problema de Sevilla es, en mi humilde opinión, que en ocasiones ve la vida en un solo color, aunque éste sea un color especial.

P.D.- Lo seguimos discutiendo en la feria, con rebujito en mano.

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